Sobrepensamiento: cuando intentar contralar tu mente acaba atrapándote



Hay ocasiones que nuestra mente parece no tener botón de apagado. En realidad, no lo tiene.

Repasa conversaciones una y otra vez. Anticipa todo lo que podría salir mal. Analiza cada decisión hasta el agotamiento. Intentan encontrar la respuesta perfecta antes de actuar y, cuando finalmente actúa, vuelve a preguntarse si hizo lo correcto.

Si te reconoces en estas situaciones, no estás solo. Y, sobre todo, no significa que haya “algo mal” en ti.


Una realidad cada vez más frecuente en España


Los problemas relacionados con la ansiedad y el malestar emocional han aumentado de forma considerable durante los últimos años. Diversos estudios muestran que una parte importante de la población española experimenta síntomas de ansiedad de forma frecuente, especialmente entre adultos jóvenes y personas en edad laboral.

Aunque el “sobrepensamiento” no constituye un diagnóstico clínico, sí aparece como un denominador común en muchos problemas psicológicos: ansiedad, estrés, insomnio, perfeccionismo, trastorno obsesivo-compulsivo, preocupación excesiva e incluso depresión.

Vivimos en una sociedad que nos exige decidir constantemente, rendir más, controlar la incertidumbre y mostrar una imagen de éxito permanente. En ese contexto, no resulta extraño que muchas personas desarrollen la sensación de que deben pensar más para vivir mejor.


¿Qué es realmente el sobrepensamiento?


El sobrepensamiento consiste en quedar atrapado en una cadena de pensamientos repetitivos que buscan resolver aquello que genera incertidumbre, miedo o malestar.

La mente intenta encontrar certezas absolutas:

”¿Y si me equivoco?”

”¿Y si hubiera dicho otra cosa?”

”¿Y si pasa algo malo?”

“Necesito estar seguro antes de decidir.”

El problema es que estas preguntas rara vez encuentran una respuesta definitiva. Cada respuesta genera nuevas dudas, alimentando un círculo que parece no tener fin.

Paradójicamente, cuanto más intentamos pensar para dejar de preocuparnos, más preocupados terminamos.

Quizá incluso te hayas sorprendido diciéndote cosas como:


“No entiendo por qué sigo dándole vueltas.”


“Sé que estoy exagerando, pero no puedo parar.”


“Mi cabeza no descansa nunca.”


Lo curioso es que, además del malestar que producen esos pensamientos, muchas personas empiezan a sentirse culpables por no ser capaces de dejar de pensar. Es como quedar atrapados en una segunda batalla: ya no solo sufrimos por lo que pasa por nuestra mente, sino también por creer que deberíamos ser capaces de controlarla.


La mente no está averiada


Desde las terapias de tercera generación existe una idea muy diferente a la visión tradicional.

No se parte de que el problema sean los pensamientos negativos.

De hecho, la mente hace exactamente aquello para lo que evolucionó: detectar amenazas, anticipar problemas y tratar de protegernos.

En cierto modo, nuestra mente funciona como un sistema de alarma extremadamente sensible. Prefiere lanzar cien falsas alarmas antes que dejar pasar un peligro real.

El inconveniente aparece cuando comenzamos a creer todo lo que nos dice y organizamos nuestra vida alrededor de esas alarmas.

Nuestra mente produce miles de pensamientos cada día. Algunos son útiles y otros no. El simple hecho de pensar algo no significa que sea cierto, ni que tengamos que obedecerlo. Los pensamientos no son órdenes; son eventos mentales que aparecen y desaparecen continuamente.


Cuando los pensamientos pasan a dirigir tu vida


Imagina que eres conductor de un autobús y un pasajero comienza a gritarte continuamente.

Te dice que no eres suficiente.

Que puedes fracasar.

Que los demás te juzgan.

Que deberías seguir pensando un poco más antes de actuar.

Si cada vez que ese pasajero habla decides detener el autobús para discutir con él, probablemente nunca llegarás a tu destino.

El problema no es que ese pasajero exista. El problema aparece cuando dejamos que decida hacia dónde conduce el autobús.

Eso mismo ocurre con el sobrepensamiento.

No es la presencia de pensamientos lo que produce el sufrimiento, sino el tiempo, la energía y las decisiones que acabamos dedicando a intentar eliminarlos.


El verdadero problema no es pensar


Muchas personas acuden a consulta convencidas de que necesitan aprender a dejar la mente en blanco.

Sin embargo, eso es tan imposible como intentar dejar de oír durante unos minutos.

La mente produce pensamientos de forma automática.

No elegimos el primer pensamiento que aparece.

Lo que sí podemos aprender es a cambiar la relación que mantenemos con ellos.

Este es uno de los pilares fundamentales de las terapias de aceptación y compromiso (ACT): dejar de luchar constantemente contra la experiencia interna para empezar a construir una vida guiada por aquello que realmente es importante.


¿Y entonces qué hacemos?

No se trata de resignarse.

Tampoco de pensar en positivo todo el tiempo.

Ni de eliminar la ansiedad.

El objetivo consiste en desarrollar flexibilidad psicológica: la capacidad de seguir avanzando hacia aquello que valoramos incluso cuando aparecen dudas, miedo o incertidumbre.

Cuando dejamos de invertir toda nuestra energía en controlar lo que ocurre dentro de nuestra cabeza, recuperamos recursos para vivir fuera de ella.

Y, poco a poco, la mente deja de ocupar todo el espacio.


¿Cuándo conviene buscar ayuda?

Todos pensamos demasiado en determinados momentos de nuestra vida.

Pero merece la pena consultar con un psicólogo cuando:

Pasas gran parte del día atrapado en tus pensamientos.

Las preocupaciones interfieren con tu trabajo, tus relaciones o tu descanso.

Evitas tomar decisiones por miedo a equivocarte.

Sientes que tu cabeza nunca desconecta.

Has intentado controlar esos pensamientos una y otra vez sin conseguirlo.

La buena noticia es que no necesitas esperar a estar completamente desbordado para empezar a sentirte mejor.

Quizá hayas dedicado mucho tiempo intentando controlar lo que pasa dentro de tu cabeza.

Y quizá eso mismo sea lo que mantiene el problema.

Las terapias de tercera generación proponen una alternativa diferente: en lugar de luchar contra los pensamientos, aprender a relacionarte con ellos de otra manera para que dejen de decidir cómo vives.



Y si el problema no fuera pensar…

Quizá hayas pasado mucho tiempo intentando que tu mente se calle.

Buscando la certeza perfecta antes de decidir. Analizando una y otra vez lo que dijiste. Imaginando todos los escenarios posibles para evitar equivocarte.

Pero, ¿y si el esfuerzo por controlar tus pensamientos fuera precisamente lo que te mantiene atrapado en ellos?

Te propongo detenerte un momento y hacerte algunas preguntas:

¿Cuánto tiempo de tu vida dedicas cada día a darle vueltas a las cosas?

¿Qué decisiones estás posponiendo hasta sentirte completamente seguro?

¿Qué experiencias has dejado de vivir porque tu mente te dice que “todavía no es el momento”?

Si tus pensamientos dejaran de dirigir tus acciones, ¿qué empezarías a hacer de forma diferente?

¿Estás viviendo la vida que deseas o la vida que tus pensamientos consideran más segura?

¿Y si no necesitaras dejar de pensar para empezar a vivir de otra manera?




Si te resuena alguna de estas ideas o quieres compartir cualquier cosa de tu experiencia, estaré encantado de leerte.






Juan Luis Vicente de Jesús

📞 699 65 92 18

🌐 www.psicologojlvicente.com

✉️ cultiva2023@gmail.com



Comentarios

Entradas populares de este blog

Tecnología: ¿la era digital que nos conecta... o la droga silenciosa que nos atrapa?

Pensar sin pensar: el poder de los procesos automáticos.

Dormir bien: claves psicológicas y hábitos para un descanso reparador