Pensar sin pensar: el poder de los procesos automáticos.
En psicología, la teoría del proceso dual propone algo muy sencillo y muy humano:
nuestro cerebro funciona de dos maneras diferentes.Todos nuestros procesos cognitivos se mueven entre estos dos modos.A veces estamos más en uno, a veces en otro… y la mayoría de las veces en ambos a la vez.
Por un lado está el procesamiento controlado: ese del que somos conscientes, el que requiere atención, esfuerzo y energía mental. Es el que aparece cuando aprendemos algo nuevo, cuando tenemos que tomar una decisión importante o cuando intentamos resolver un problema que no es fácil.
Por otro lado está el procesamiento automático: rápido, sin esfuerzo y fuera de nuestra consciencia. Es el que nos permite hacer muchas cosas del día a día sin tener que pensarlas, como caminar, escribir en el teclado o seguir una ruta conocida mientras nuestra mente está en otro lugar.
Cuando lo que antes costaba, ahora sale solo
Ya en el siglo XIX, William James hablaba de la importancia del hábito.
Se dio cuenta de que acciones que al principio requieren toda nuestra atención acaban volviéndose automáticas con la repetición. Y eso es profundamente adaptativo, porque libera recursos mentales para otras cosas.
Todos tenemos ejemplos de esto.
Pensemos en conducir.
Cuando obtenemos el carné vamos con los cinco sentidos: la carretera, los pedales, los espejos… todo ocupa nuestra mente. Sin embargo, con el tiempo, muchas de esas acciones se automatizan.
Y gracias a eso podemos mantener una conversación, escuchar música o simplemente conducir sin sentir que estamos haciendo un examen constante.
Pero no solo automatizamos habilidades
Aquí aparece algo interesante.
No solo automatizamos cosas útiles.
También automatizamos:
formas de pensar
maneras de sentir
creencias sobre nosotros mismos
formas de relacionarnos
Reacciones emocionales que aparecen solas.
Pensamientos que se repiten como si fueran verdades.
Conductas que salen sin que sepamos muy bien por qué.
Algunas fueron útiles en su momento.
Otras simplemente las aprendimos.
Muchas siguen estando en el repertorio… aunque ya no nos ayuden.
Lo que no vemos, también influye
En el siglo XX desde el psicoanálisis se plantea que existe una parte de nuestra mente que permanece fuera de la consciencia, donde se almacenan deseos, conflictos y experiencias que siguen influyendo en nuestra vida sin que lo sepamos.
Ese material aparece a veces en sueños, en lapsus o en síntomas.
Y el trabajo terapéutico tiene que ver con algo muy valiente:
ir haciendo consciente lo que hasta ahora no podía verse.
Los pensamientos que aparecen solos
Más adelante, la psicología cognitivo-conductual puso el foco en algo muy cotidiano: nuestras creencias automáticas, nuestras interpretaciones rápidas y nuestras respuestas impulsivas.
Ese diálogo interno que surge sin pedir permiso.
A través de diferentes técnicas, la persona aprende a detectar esos procesos automáticos y a cuestionarlos, no para convertirse en alguien perfecto, sino para generar formas de actuar más adaptativas y más coherentes con su vida.
No todo consiste en cambiar lo que pasa dentro de nosotros
En las terapias contextuales, como la Terapia de Aceptación y Compromiso, aparece una idea especialmente bonita:
No se trata solo de cambiar lo que pensamos o sentimos.
Se trata de aprender a relacionarnos de otra manera con ello.
Con más espacio.
Con menos lucha.
Con más compasión.
Y empezar a vivir guiados por nuestros valores, en lugar de reaccionar automáticamente a cada pensamiento o emoción.
Dos cerebros conviviendo en uno
La neurociencia también ha aportado información importante.
Hoy sabemos que los procesos automáticos están relacionados con estructuras más antiguas desde el punto de vista evolutivo, como el sistema límbico o los ganglios basales, mientras que los procesos controlados dependen en mayor medida de la corteza cerebral.
En cierto modo, convivimos con:
🧠 un cerebro que reacciona rápido
🧠 y otro que reflexiona con calma
Y los dos son necesarios.
Lo humano de todo esto
En la vida cotidiana esto se traduce en algo muy reconocible:
Reaccionamos antes de pensar.
Sentimos emociones intensas sin saber bien por qué.
Repetimos patrones que no nos ayudan.
Nos alejamos de la vida que queremos sin entender cómo ha pasado.
Ser conscientes de estos dos sistemas no significa eliminar el automático —de hecho lo necesitamos—, sino aprender a reconocer cuándo está tomando el control y no nos está ayudando.
Ahí aparece la posibilidad de elegir.
El proceso terapéutico como espacio de conciencia
El proceso dual es una pieza central en el trabajo terapéutico.
Para que la persona pueda experimentar un cambio necesita poder acercarse a sus procesos automáticos, a sus creencias, a aquello que no se puede, no se permite o no se quiere ver.
No para juzgarlo.
Sino para integrarlo y construir una nueva manera de relacionarse consigo misma y con su vida.
Preguntas para mirarte con calma
No son para responder rápido.
Son para dejar que resuenen.
¿Qué cosas haces hoy de manera automática que antes requerían todo tu esfuerzo?
¿Qué reacciones emocionales aparecen sin que tengas tiempo de pensarlas?
¿Qué pensamientos sobre ti se repiten como si fueran verdades incuestionables?
¿Esos automatismos te acercan o te alejan de la vida que te gustaría vivir?
Cuando actúas en “piloto automático”, ¿estás eligiendo o simplemente reaccionando?
¿Qué valores te gustaría que guiaran más tus decisiones cotidianas?
Si pudieras introducir un pequeño espacio de conciencia antes de reaccionar…
¿qué cambiaría?
Tal vez no podamos dejar de funcionar en automático.
Y tampoco se trata de eso.
Pero sí podemos, poco a poco, darnos cuenta,
crear un pequeño espacio,
y empezar a vivir con algo más de presencia y de elección.
Si quieres contarme tu opinión sobre el artículo, sobre el proceso dual en general o tu proceso dual en particular estaré encantado de escucharte.
Juan Luis Vicente de Jesús
juanluisvicente@cop.es
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