Estigma en la salud mental
En esta entrada me gustaría hacer una pequeña reflexión sobre el proceso terapéutico y el estigma que todavía persiste en la sociedad cuando alguien decide acudir al psicólogo. Es cierto que en los últimos años hemos avanzado, y quizá alguien lea este artículo y lo considere anticuado —sobre todo entre los más jóvenes—, pero creo que aún queda mucho camino por recorrer.
Todavía hay personas que me comentan, con cierto aire de misterio o secretismo, que “el hijo del vecino va al psicólogo”. Otras se sorprenden o se ofenden cuando alguien les sugiere acudir a un profesional de la salud mental para resolver un problema, y responden: “¡No fastidies, yo no estoy tan mal!”. También hay quienes preguntan si la gente que va a terapia “está muy loca”.
Acudir a terapia es un proceso personal completamente normal. Denota una necesidad de mejora en algún ámbito de la vida que, por distintas razones, no se está gestionando bien y está generando una sintomatología determinada. Dicha sintomatología es muy variable y puede ser percibida por la persona como algo que debería cambiar, como algo que puede integrar en su vida o, simplemente estar afectando en distintas áreas sin que sea plenamente consciente de ello.
La mente quizá sea el órgano más complejo del cuerpo, y en la mayoría de los casos, nadie nos enseña cómo utilizarla. No tenemos una asignatura que nos explique cómo gestionar la ansiedad o los trastornos del ánimo. Por lo tanto, es natural que, en determinados momentos de la vida, necesitemos acudir a un profesional de la salud mental para contar con un espacio donde abordar lo que nos está ocurriendo.
Iniciar este proceso está relacionado con personas maduras, que reconocen su necesidad y buscan ayuda para resolverla. No es un acto de debilidad, sino de valentía: implica tomar el control y “coger al toro por los cuernos”.
En el otro extremo, encontramos a quienes, a pesar de tener dificultades, deciden que pueden solucionarlo por sí mismos, sin importar las consecuencias para su entorno o su bienestar futuro. Son personas con ciertos rasgos narcisistas que les impiden ver su problema. Esta actitud puede tener raíces profundas en inseguridades, miedos al rechazo, entre otros factores.
Sin embargo, lo más común es no estar ni en un extremo ni en el otro. No somos siempre individuos valientes que detectamos y solucionamos todos nuestros errores antes de que se agraven, ni tampoco creemos que todo lo que nos pasa es culpa de los demás porque nosotros somos perfectos.
Cada uno de nosotros se acercará más a uno u otro extremo dependiendo de la situación o del momento vital en el que se encuentre. Pero lo importante es destacar que el proceso terapéutico no es algo exclusivo de unos pocos, sino una decisión madura, humilde y responsable que puede generar un cambio significativo en la persona, su entorno, sus relaciones y su futuro.
En resumen, la salud mental va de la mano de la salud física. Por tanto, ambas deben cuidarse para disfrutar de una buena calidad de vida. La terapia psicológica no está reservada únicamente para los trastornos más graves; eso sería como hacer ejercicio físico solo cuando necesitamos rehabilitación tras una lesión. También hacemos actividad física para fortalecer el cuerpo, ganar flexibilidad o simplemente vivir mejor. Con la terapia ocurre lo mismo.
¿Crees que aún queda mucho camino por recorrer?
¿Cual es tu opinión sobre el estigma de acudir a un profesional de la salud mental?
Me encantará leerte y conocer tu perspectiva.
En la próxima entrada hablaré sobre el rol de psicólogo y algunas creencias erróneas que aún persisten en la sociedad.
Sobre el autor
Juan Luis Vicente de Jesús
Psicólogo General Sanitario
juanluisvicente@cop.es
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